LA TIERRA PROMETIDA
Henrik Pontoppidan.
Denmark 1917 / Premio Nobel

“El día de la boda el aire estaba dormido y la temperatura era casi estiva. Ningún invitado tenía que verla hasta que todos estuvieran en los coches.

Apareció la novia en las escaleras de piedra.

Llevaba Hansine un vestido negro de lana con tiras de encaje alrededor del cuello y de las muñecas. Debajo del velo y de la corona de mirto se veía un sombrero bordado en oro y adornado con cuentas que había pertenecido al traje de novia de su bisabuela y que ella llevaba por expreso deseo de Manuel.

La ceremonia fue breve y las palabras que la sellaron se parecieron más que nada a un brindis.

La fiesta iba apagándose.

Como en un sueño, además, a lo largo del camino habían encendido una serie de teas que ahora, con la calma de la noche oscura ofrecían un aspecto fantástico.

Cogió con fuerza la mano de Hansine.

Ahora entraba con su novia campesina en la montaña…”

Tal vez sea posible atrapar el brillo de los instantes que nos han cautivado, que poseen el matiz inclasificable de los políglotas; esa mezcla imperfecta que hilvana paisajes de nuestra infancia, reflexiones, risas, silencios elocuentes; viajes hermosos hechos desde el diván. Grisallas de sueños coloreándose en destellos de gracia.

Sencillez sofisticada que invita a cultivar un mundo interior ajeno a la rapidez con que vivimos; dimensión poética de la vida, donde imaginar es el punto de partida para crear.

En dulce ambrosía las calles destilan perfumados colores; iris, lilas, malvas, lavandas, glicinias, heliótropos… verdes tiernos y vibrantes… Indefinibles púrpuras se vulven ya violetas o carmesíes, bello azul de Egipto, encajes de bruma blanca y negra… pinceladas certeras en apenas un gesto, un impecable corte, un fluir…

Nostálgicas ladies in lavender, epítome de gracia y elegancia… sin ellas, “la vida es pura prosa”.